Siempre me sentí cautivada por la borgeana idea de todos los puntos en un solo punto. Siempre pienso que en mi restaurante se dieron todos los seres humanos y las situaciones posibles. Que en el equipo de futbol donde jugué durante tantísimos años, también. En las multinacionales donde trabajó papá, en el curso del colegio, en el club en donde ejercí como profesora de tenis. Todos los mundos encierran muchos mundos.
Imagino ese hueco, debajo de la escalera, en una casa antigua y olvidada de la modernidad en el barrio de ( barracas ). Me imagino a mi misma mirando esa esfera, viendo pasar delante de mis ojos a las pirámides, a Marco Aurelio, al Racing campeón del 67´, a mis abuelos dándose su primer beso.
Ahora reciclo papel, para un mundo dividido en uno de sus mayores males. Quizás sería bueno que algunos pudiesen ver más allá de las pirámides, para adelantar el tiempo de la espiritualidad y comenzar a vivirlo antes de que el mundo comience a decaer. Yo pretendo formarme a mí misma y tratar de que quienes están al lado mío vivan cada vez mejor si en algo puedo fomentar eso.
Me siento en el restaurante y sólo pienso Hamdulilah. Me siento profundamente agradecida cuando paro la pelota y soy consciente de lo afortunada que soy, de lo que he conseguido con mucho trabajo interno y externo.
Yo no creo en el Dios cristiano, ni en el musulmán, ni en el judío; aunque respete profundamente cada religión. Simplemente creo que hay algo más grande y determinado que todos nosotros. Que pertenecemos a un universo que lleva su propio destino inserto, pero que siempre podemos estancarnos, dejar de crecer, salirnos de la espiral hacia arriba y torcer el benévolo destino que los astros nos han reservado.
Lucho por mantenerme en la espiral hacia arriba. A veces con más fuerza y a veces con más relajo, pero siempre tratando de crecer.

🩵
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