Sé que mi tia Nélida era una buena mujer. Que se esforzaba por su familia y que hacia lo mejor de si por todos nosotros. Me gustaba su calma para hacer un poco de cada cosa durante el día. Me gustaba que jugase con nosotros a las cartas después de cenar y comiésemos galletitas de agua con té muy azucarado. Jugábamos a la escoba del quince en la mesa redonda de Cariló, apoyando los codos sobre el vidrio que la recubría. Siempre acomodandolo para que no quedase desfasado de la mesa.
Mi tía le tiraba agua caliente a los perros para que se separen cuando estaban en pleno apareamiento. Suponíamos que el macho tenía algún problema con la longitud de su miembro por lo que no llegaba a consumar el acto sexual, pero por las dudas, la tía se encargaba de que el supuesto coito durase poco tiempo. Si era placer, era herejía, y si era una cuestión de supervivencia de la especie, no la deseábamos. Asi que el acto tenía que ser interrumpido.
Mi tía cocinaba estofado y pescado al horno. Hacía una tarta gallega exquisita y aclamada. Era una gran lectora y una maestra pedagógica y reconocida.
Tenía esparcidos por su Argentina querida más de setenta ahijados, y suponíamos que los recordaba a todos.
Iba a visitar a sus difuntos cada domingo y llevaba una flor para cada nombre. Recordaba los lugares que ocupaban sin necesidad de leer la lápida. Había llevado de paseo en incontables ocasiones a su sobrina mayor, que recorría las tumbas escuchando las historias de los enterrados y recreandose en ese mundo el día entero.
No tenía gatos en su casa, sólo plantas, camas para todos y un sótano de temer. Una sola vez lo ví abierto y ese olor a encierro me disparó la imaginación. Bajé con papá y mi hermano, había algunos vinos cerrados y damajuanas vacías. La tía no lo había vuelto a abrir en años y tampoco parecía tener la intención de hacerlo.
Tenía unos rulos de rulero, ojos firmes y confiables, un cuerpo rechoncho y los tacos bajos incorporados a sus talones. Se le hinchaban las piernas y sufría de presión, pero murió digna y el día que quiso, cuando se dió cuenta de que los bisnietos iban a costar demasiados años y ya no tenía más estómago para soportar la ida de sus contemporáneos.
Se despidió de su pueblo, en el mismo en el que nació y del que nunca se quiso ir. Ya había pagado su velorio, para no ser ni hasta en su último día una carga. Yo recuerdo el viaje hacia Chivilcoy pensando, mientras miraba por la ventana, en cuantas veces ella habría visto, recorrido y leído de ese campo eterno que se abre desde la ruta.
Era la admirada de la familia, culta y de una inteligencia práctica, limpia y moral. De las que callan lo que es secreto de otros y cuentan lo que ya no daña. Tozuda como pocos, rebelde sin ofender a sus padres y progresista hasta donde la religión lo permitía.
Añoraba el pasado sin detenerse y escuchaba la radio hasta que la madrugada ya estaba demasiado entrada en la noche.
Hacía los mejores panes con manteca del mundo y un café con leche en tazón para tres niños. No tomaba mate por el mal recuerdo de un tío que murió de tuberculosis, y alternaba el mate cocido con té con leche.
Odiaba a los americanos, a los peronistas y, para complacer a su sobrino, a los hinchas de independiente. Por el aprendió alguna vez a recitar de memoria un once inicial.
Fué de su tiempo sobresaliendo por su rectitud y capacidad de estudio, por su amor por la enseñanza y los niños, por su sentido de pertenencia a su familia y a su ciudad.
Los sobrinos nietos heredamos varias cosas por decantación y varias por admiración. Casi todos el amor por el estudio y la formación que se remonta a los orígenes Dominguez en Argentina, y algunos pocos la pasión por la quiniela moderada y el pan con manteca.

Hermoso Sol. Realmente hermoso. Gracias por recrear nuestras vidas. TQM
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