Cuando El Diego llegó al cielo, se sentó a la derecha de Dios. A la derecha de su derecha, Claudia; y debajo, nosotros con el cogote estirado tratando de divisarlo entre las nubes. Nosotros, los mortales que alguna vez lo vimos dar la vuelta olímpica en México, y los que deseamos mil y una vecesSigue leyendo «¡Oh mamá, enamorado estoy!»
