Maldito ser humano

–        Soltalo, soltalo, te voy a matar hijo de puta, te voy a matar.

El tipo no soltaba el fusil que a gritos le reclamaban todos mientras Brian forcejeaba con él. Estaba seguro que había sido él, el pantalón roto, la mancha de sangre en su pierna derecha, la mirada baja cuando llegaron.

Había un traidor dentro del grupo. Alguien había matado a su hermano. Nadie sabía que había pasado, pero en una guerra de guerrillas en plena selva puede ocurrir de todo. Hasta la discusión más estúpida puede generarle a uno ganas de matar a su compañero. El ruido es constante, no se puede descansar, ni siquiera pensar en paz. Por la noche los animales parecen estar durmiendo a tu lado. Se escucha una rama crujir por la derecha, un pájaro que hace el ruido de una paloma que empolla, y uno sabe que allí no hay palomas, el uhuhuh de vaya a saber quién, las pisadas que no se sabe si lo son, se acercan, abres los ojos, miras con desconfianza, te incorporas y un mosquito picándote la punta de la nariz te saca del hechizo de la selva para empezar a maldecir. No es uno, son cientos. Te escondes debajo del mosquitero que tiene tu gorro, pero aún así uno se cuela y te esfuerzas por sacártelo sin que se metan otros. La ropa está adherida a mi piel. Llevo seis meses aquí y ahora creo en el infierno. El barro es una constante aunque no llueva tanto como imaginé, el sudor, la resina de los árboles a los cuales tenemos que treparnos con frecuencia si avistamos un enemigo, o si al comandante se le ocurre que es una buena estrategia para una emboscada. Dudo de que la revolución esté cerca.

Vi en su pantalón de guerra un tajo. Mi hermano siempre apuntaba a las piernas, no se si por miedo de arrepentirse, o porque ya con lo hecho le costaba conciliar el sueño. Creo que él si realmente creía en la bondad de los seres humanos, en que hay que enseñar a quien hace el mal, porque lo hace por ignorancia, no por maldad. Hay falta de conciencia y sabiduría entre los hombres, pero la revolución nos va a dar a todos las mismas herramientas, los mismos derechos, las mismas oportunidades, decía. Y discutíamos, como siempre, porque yo también creo en la revolución, si no, no estaría en el medio de esta selva arriesgando mi vida, pero el ser humano… Nunca deja de ser un ser humano. Sé que ese tajo que le dejaba ver la blancura de su pierna izquierda se lo había hecho él. Lo sé porque vi el anillo que tenía marcado en su cara. Otro distintivo del estúpido de mi hermano, que en lugar de golpear con el puño golpeaba con la mano abierta, los cinco dedos bien grandes y a pegar la vuelta para agarrarlo del cogote en cuanto lo tuviese al derecho nuevamente. Entendió que es la causa la que nos trajo pero no la que nos mantiene unidos, el ser humano está alienado, pero también es un alien. Al sentido del honor y la lealtad se lo llevaron río abajo, envuelto en un paño blanco, sobre la barca de madera que precariamente construí para darle un funeral digno, y no dejarlo en esta selva de mierda con los mosquitos zumbando sobre su cabeza. Él iba por los correctivos, intentaba enseñar, instruir, construir; y él otro miserable sólo quería un nuevo gorro con mosquitero porque había perdido el suyo. Hacíamos guardias de tres. Samuel volvió con un tajo en el pantalón, la remera rota a la altura del cuello y una chaqueta demás. Walter, completamente sucio, había arrastrado el cadáver sobre una tienda de campaña a lo largo de cinco kilómetros. En cuanto divisé las dos sombras me asusté. Miré mejor, seguían siendo dos. Me puse en pie. Seguían siendo dos. Corrí hacia ellos con la angustia de no querer cerciorarme de lo que ya sabía.

Maldita guerra. Maldito mundo. Malditas injusticias. Maldito ser humano.

Deja un comentario