Abril aguas mil

4 de Abril de 2024

Escucho a Alejandro Sanz y me parece tan perfecta su canción. El colectivo se mueve con velocidad, pero demasiadas pausas. Llueve en Buenos Aires y pienso que bonita es, como pensaría la Gro. Dobla por retiro y va subiendo por la Recoleta. No tengo chip en el teléfono así que mi mente va despejada y observadora. Estoy llegando tarde y creo que mi tío se puede llegar a preocupar, pero no imagino que podría ir a buscarme como descubro cuando llego a su casa.

Leo de a ratos a Irene Vallejos y me parece brillante. Su prosa y su veracidad. Pienso en las distancias que recorrían en la antigüedad y en las que nos toca recorrer en las grandes ciudades, rozándonos con extraños húmedos y con caras amargadas. Pero que a nadie se le olvide: somos campeones del mundo.

La lluvia huele a Buenos Aires. Cierro los ojos y recreo el bosque de Palermo, lleno de verde y de árboles. Cada ciertos pasajes, me sorprende alguno majestuoso, firme, sobreviviente, bien anclado a la tierra.

La ciudad transmite una mezcla de reinado antiguo y de potencial, apenas escondido, de poder ser de las más cautivantes del mundo, plagada de intelectuales profundos y cada vez menos barbis super star.

Me centro en un QR que hay pegado sobre la ventana y que alienta a hacer las denuncias que se crean necesarias a través de él. Me sorprendo, pienso si alguna vez alguien lo habrá usado.

El hermoso Ateneo de Avenida Santa Fé está rebosante de gente. A mi abuela le encantaba la Avenida Santa fé. Las personas se agolpan en la puerta de la libreria, no quiero imaginar lo que serán las filas de libros y de humanos allí dentro. Buenos Aires me sorprende una vez más.

Una mujer mide el balcón con un metro y yo sigo tarareando a Ale Sanz, engancho con Yolanda de Pablo Milanés y me recuerda a otro Pablo, del cual me separan años, deseos y palabras.

Una marca de ropa que se llama Gipsy llama mi atención, es simple, nada en su escaparate marca una diferencia, diría que tiene algo de vulgar, pero su nombre escrito así me roba unos segundos de vista y otros de pensamientos. En España jamás le dirían gipsy a un gitano. Los maestros dijeron: en la experiencia encontrarás las respuestas.

Encuentro a la gente triste, fuera de algunas normas y tan dentro de otras, gente que aparenta fortaleza porque esa es la única forma posible de enfrentar la realidad, pero que imagino vulnerable, cuidando de sus cosas, de su ropa, debatiéndose con sus sentimientos en el silencio de ese colectivo atestado.

Hay gente que cruza muy mal la calle y un indigente que roza el suicidio cerca de puente Pacífico.

Me agarra ansiedad por llegar cuando miro la hora. Pero no hay manera de apurar un bus. Pienso en Helena, en que estarán haciendo los chicos, en si Maxi me estará puteando, en Málaga, en mamá en el jardín en Cariló.

Bordeamos Plaza Italia, hice tantas veces este recorrido, pero hoy todo me parece nuevo y novedoso. Hace cuatro exactos años me fui de la capital, en la cual nunca me sentí del todo a gusto, pero, verdad mediante, siempre tuvo gusto.

Almuerzo a la vuelta de casa. La moza corre a contar los treinta billetes de mil pesos con que le pagaron y vuelve aliviada. Todavía hay solidaridad en Buenos Aires, lo veo en mi amigos, que ayudan a sus amigos, lo veo en la señora que saca plata de su bolsillo para darle a un hombre que cuenta su historia en el subte, lo veo en Gerson, que habiendo perdido su trabajo hace un mes, le da diez pesos a una mujer que nos deja un papelito sobre la mesa, lo veo en como mi gente se acomoda a mis horarios, lo veo en sus sonrisas, lo veo en mi papá, levantado la campera que se le cae al hombre de al lado. Lamento muchas cosas de mi país, pero lo quiero y lo admiro. Ahora que me sorprende que tanta gente hable con el mismo acento que yo, que tomo cerveza moderadamente, que escucho a Adrián Berra, que pienso que empezaré a producir menos colágeno, que quiero mi mente de hoy, que extraño a la gente que quiero, que Buenos Aires me mantiene en alerta constante hasta que me acostumbro, que allí gané un título, más hermanos de los que me tocaron al nacer, historias que aún no escribí y mil chichones de partidos perdidos.

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