¡Oh mamá, enamorado estoy!

Cuando El Diego llegó al cielo, se sentó a la derecha de Dios. A la derecha de su derecha, Claudia; y debajo, nosotros con el cogote estirado tratando de divisarlo entre las nubes. Nosotros, los mortales que alguna vez lo vimos dar la vuelta olímpica en México, y los que deseamos mil y una veces no haber visto solo el replay. Millones de reproducciones en YouTube y algún Deportes en el recuerdo, o en veinticinco, con la voz del Gordo Bonadeo detrás.

La palabra “entorno” se adhirió a la de Diego para el final de sus días y casi todos nos preguntamos por qué no se quedó para siempre con La Claudia. ¿Por qué no se aburrió al lado de la madre de las únicas dos hijas que trajo con consciencia al mundo? Quizás la respuesta sea simplemente esta: los mortales somos aburridos. 

Cuando Diego llegó al cielo, miró a un lado y al otro, y no encontró a nadie. Entonces vió la luz que iluminaba a un hombre sobre su sillón de madera. La silla de la derecha estaba vacía, porque Jesús justamente habia salido a buscarlo para mostrarle el camino hacia el señor. Pero el Diego llegó antes de que él volviese, y tomó el que le pareció su lugar en ese mundo celeste y blanco. Tanto brillo le hizo entrecerrar los ojos, pero supo en todo momento que Claudia iba a su lado. 

Contó su ángel de la guarda, en la reunión de colegas de los viernes, que mientras lo acompañaba en su ascenso, El Diego fue cambiando de cuerpo. Es sabido entre los ángeles que los mortales llegan en la forma física de la etapa más feliz de su vida terrenal.

El ángel orgulloso de su suerte, prosiguió. En los primeros metros, Diego, se sacó la remera y una luz intensa brilló a través de sus tatuajes. A medida que fue tomando vuelo, desaparecieron algunos y modificaron su dibujo otros. Al igual que su panza, se achicó y se agrandó algunas veces, hasta quedar chatita, marcada de abdominales. Se vistió de jogging y chancletas, de traje de gala, de malla. Se abrazo al aire, lloró, cambió el color de su piel y gritó al cielo de camino a su cielo:

—¡Lo juro por Dalma y Yanina!

De musculosa blanca, transpiró, mientras fumaba un habano dejando caer sus cenizas sobre la capital cubana, y al llegar a la punta del cigarro, se desvaneció el Che Guevara que llevaba en su piel. 

Soltó el polvo blanco cuando divisó a la Tota desde muy lejos. Pidió perdón a los dioses, al fútbol y a Claudia, pero a ustedes no, mercenarios hijos de puta, gritó mientras escupía un garzo sagrado que descansa en el techo de la Casa Rosada. 

Yo lo vi subir a diez mil kilómetros de su tumba. Nunca anhelé conocerlo, porque al Diego había que mirarlo desde las gradas para amarlo mucho. Pero si, hubiese dado cualquier cosa por verlo jugar. Los mortales, sin excepción, le agradecemos haber llevado el futbol argentino al podio del mundo, haberse rebelado dentro de una cancha, haber destronado a un diestro, darle alegria a un país entero. 

El arcángel había bajado un par de veces a buscarlo, pero siempre se distraía cuando le tocaba llevárselo.

Cuando el Diego jugó para el Sevilla, Jofiel quiso verlo de cerca, simplemente por curiosidad, para saber con que personaje haría el peregrinaje al cielo algunos buenos años después. El Diego estaba de cañas en un barcito sobre una calle adoquinada y estrecha, a unos metros del Gualdaquivir. Jofiel replegó sus alas y se sentó en una silla que había libre en la mesa de atrás. Diego relataba con entusiasmo infantil, como Doña Tota cocinaba milanesas una vez por mes para toda la familia. No el empanado que hacen aca con dos golpecitos, mi vieja le daba en serio, contaba Diego entre risas, las cagaba a palos, y te servía un puré de papas que era un manjar de los Dioses. Jofiel recordó muchos años después, en el ascenso Maradoniano, las milanesas que tanto habia deseado esa tarde.

De camino al cielo, el Diego pateó las lluvias que se avecinaban y a la nube que le quiso dar con la derecha le pifió, y cuando comenzó a caer el agua por su piel decolorando el paisaje de su vida, todo se volvió México, el césped verde del estadio Azteca, y repitió el mejor gol de la historia para todos los que seguíamos con el cogote estirado. Cuando Diego alzó el puño mientras corría hacia el corner, de su mano se desprendió un barrilete que iluminó hasta los más recónditos lugares del universo. El barrilete viajó por galaxias y constelaciones y volvió a la mano de Diego mientras cantaba en el balcón de la casa rosada festejando el título del mundo.

La primera vez que Jofiel bajó enojado, lo fué a buscar para hacerle sentir su presencia y echarle algún susto encima y que recapacite. Llegó al cuarto del hotel de la concentración de Diego en Boca y lo vió bailando y saltando de cama en cama. El Diego no se percato de su presencia y Jofiel, animado por la música y esa energía contagiosa, se unió en un trencito que atesoró para siempre.

El ángel también lo acompaño a su casa de Devoto, colgado en el techo de su auto, regalándole algunas vidas con el control remoto que Dios le otorgó la vez que, convirtiéndolo en ángel, le otorgó sus alas.

Se sinitió tan emocionado cuando Diego se despidió en la boca, que se unió a los que lloraban y brindo a su salud con la copa bien arriba.

Lo había visto ya levantar la Copa de la UEFA, mientras San Genaro se sentía estafado viendo como sus milagros se iban hacia la figura de Diego.

En este ascenso descontrolado y no cronológico, hubo abrazos, besos, llantos, gritos, mil acciones en pocos segundos y tiempos eternamente lentos.

Cuando la limusina negra atravesaba la habana, subían y bajaban mujeres, y para el final del recorrido, contamos tres niños dentro.

Mientras Diego continuaba hacia arriba, el polvo blanco de estrellas aceleró su recorrido, mientras sonreía y entristecía entre atardeceres y amaneceres.

“Sa perché mi batte I’ll corazon, oh mama inamorado sono, oh mama oh visto Maradona, oh visto Maradona” se escuchó clarito desde abajo y nos unimos en un canto mundial que hizo vibrar la tierra.

Cuando estaba cerca de llegar a la puerta blanca, las constelaciones de Fiorito y Tigre se unieron por una línea celeste, y en su paso abarcaron la constelación napolitana y la de Ciudad de México. Pronto llovieron gotas de lluvia caliente y los que continuábamos mirando el cielo, nos dimos las manos sin secarnos las lágrimas.

Cuando el petiso cojonudo y patotero llegó al Cielo, abrió la puerta con la mano derecha. Se encontró desnudo, miró todas sus partes, para comprobar que había llegado entero y no se dió cuenta que sobre su piel se dibujaron tiras celestes y blancas, un diez negro en la espalda y unos botines con tiras blancas sobre sus pies.

Lo saludé desde lejos, y antes de cerrar la puerta, me guiñó un ojo.

¡Oh mamá, me late el corazón!

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