Nápoles

Nápoles no sabe respirar. En Nápoles no existe la paz. Y si la hay, es en el pecho de cada napolitano que logra dormir con su consciencia cada noche. Me recibió con lluvia y me despidió con sol. A mi mamá todavía le encanta mi nombre, y cada vez que alguien me dice que bien puesto lo tengo, yo sólo pienso que cada paso dado en mi vida guarda la secreta esperanza de que ella aún siga orgullosa de haberme nombrado como tal.

Agarré siempre fuerte mi teléfono y en ningún momento bajé la guardia en esta ciudad famosa por la camorra, los carteristas y los pasionales tifosos del único equipo de la ciudad.

Nápoles no es parte de Italia. Nápoles es una República que se encuentra rodeada de Italia, sobre el mar Mediterráneo, más cerca del cielo que de las profundidades submarinas. La alegría inunda las calles desprolijas, dejadas, con una mezcla de pueblo grande que no ha sabido evolucionar. Todavía cohabitan con unos antiguos dioses que los asisten para darnos de comer. En cada partido, a un paso de la gloria que hace años los esquiva, empapelan un poco más la ciudad y apenas se encuentra hueco para secar las prendas familiares.

Nápoles no sabe de llantos, sólo de gritos, bocinazos, peatones suicidas y un crisol de razas que convive cual Arca de Noé. La república naufraga buscando un horizonte donde asentarse y atesora retazos de vida en sus entrañas.

Yo abracé a los míos y me sentí una noche en casa. Extrañé a los que no llegaron a la cena y brindé por todos los que llevo cerca.

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