Besos en Buenos Aires

El invierno en Buenos Aires huele a café con leche y pan con  manteca y azúcar. Besos robados de tanto en tanto, mientras caminan por Corrientes y siguen por Callao, entre charlas de Soriano y Fontanarrosa. Nunca había conocido a alguien que comparta besos, pereza y fútbol literario con mi pasión de ese entonces. Allí me encerraba para no caer en el infierno laboral que me comprimía el cerebro. Nunca soporté la gente quejándose a mansalva, sin motivo aparente y sin agradecimiento por la vida, la queja por la queja desde un lugar de comodidad y falta de compromiso para consigo mismo y para con los demás. Admiré siempre la humildad de aquellas personas que obran de acuerdo a lo que dicen, sin hacer alarde de aquello que hacen. 

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