Negrita picante

La número cinco remata una pelota que tiene destino de nube, pero la bola sale en cámara lenta y empieza a bajar a la altura del punto penal, la negra continúa con la mirada fija en ella, la caprichosa, la redonda, la victoriosa, y en ningún momento la pierde de vista. La arquera se acerca con cierta determinación y la rodilla arriba a tomar lo que le corresponde dentro de su área. El sol le juega la pasada de su vida y le pega la piña que le va a provocar el knock out técnico del campeonato. Toca el piso con el pie izquierdo y la pelota, después de rebotar en su mano, sale picando a unos metros de la negra, que atenta ve su oportunidad, la que espero todo el partido, la que soñó toda su vida, con la diez en la espalda y las ansias de ese trofeo que descansa al costado de la cancha. 

Corre rapidamente hacia la pelota en un tiempo que parece no avanzar. La número cinco mira y hace fuerza para que esa bendita pelota entre en el arco contrario de alguna manera. Allí también están sus sueños, sus horas de entrenamiento, los fines de semana que no fue a Tandil, para bailar con botines y canilleras los domingos a las tres de la tarde. 

Pia golpea con el empeine de su pie derecho midiendo la fuerza para no correr el riesgo de estrellar la pelota en el alambre. Ya sabe que el destino de gol corre por las entrañas de ese cuero enamorador. Tuvo la esperanza a flor de piel todo el partido, tuvo el convencimiento la noche anterior, lo tuvo al empezar el primer tiempo, lo tuvo durante los noventa minutos. 

Cuando la pelota toca la red apenas atina a correr. Llega con los brazos abiertos a la mitad del área y cae sobre la línea de cal, las rodillas tocan la tierra que esconde un poco de pasto, y le agradece al cielo estar a un paso de la gloria. Cuando la montaña qué hay sobre ella comienza a caminar hacia su campo, grita: – ¡Concéntrense!

Aún queda un tiempo, pero Pia, la negra, como la llaman desde que tiene uso de razón, sabe que el golpe de un gol en tiempo complementario es letal. Trota hasta el centro de la cancha, donde la pelota ya esta puesta sobre el círculo central. 

Venía de molestias musculares, quizás la exigencia de un campeonato largo, la responsabilidad y la poca recompensa. Quizás alguna juerga demás, algunas horas menos de sueño, algún alboroto mental que se tradujo en los músculos de su cuerpo. Alguna veces sonreía, pero eran pocas en un equipo de tipas rudas y objetivos que se esfumaban cuando estaban prontos a cumplirse. 

Pia sabía que se jugaban muchas emociones en ese partido de futbol, podía ser el quiebre de la historia de rivalidad que las unía con el cuadro menos querido. Un único partido que decidía los últimos seis meses de trabajo.

Cuando el segundo gol entró en el arco de en frente, en el segundo tiempo complementario, las jugadoras con la banda cruzada en el pecho, respiraron aliviadas. Un entusiasmo les recorrió las piernas, les bamboleo el cerebro y les estrujo las fibras nerviosas. 

Más tarde festejos, la vuelta en el monumental, las anécdotas del partido, lo que vendría y quién iría a donde y quién se quedaría allí, con la banda tatuada en el pecho y el primer paso de la historia por detrás. 

Todos esos pensamientos se le cruzan por la cabeza con el pitido final, las lágrimas, la emoción que hace olvidar todo pensamiento racional. Se abraza al técnico que la potenció y a la gloria, que sabe que dura un instante en el tiempo de los humanos y una eternidad en la memoria de quien la quiera recordar. 

Con la madurez que le dieron los años, recuerda, lejos de su tierra el gol que le llenó el alma, el más importante de su carrera, el que quisiera volver a vivir una y mil veces si el reloj le regalase la dicha de volver un ratito para atrás, a esa cancha en pleno barrio de Saavedra , donde las puteadas viajan por el aire y el grito de campeón la coronó después de cientoveinte minutos.

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