Junio 2019

Cuando estalle la guerra estaré, en la trinchera contigo

Entre vanesa martin e Ismael serrano empiezan mis días melancólicos o pensativos. No siempre cargados de nostalgias, muchas veces es de esa suerte de alegria sensible en la que me podría quedar regodeando un largo rato. La verdad no sé si la palabra regordear existe, pero me parece perfecta para describir la sensación de calidez de ese momento, de estar envuelta en un aire caliente de amor, en una brisa refrescante que detiene el tiempo. Un abrazo dulce y profundo que me obsequia el viento.

Voy camino a Bari en tren, después de haber perdido el bus por llegar tarde. Era muy probable que lleguemos tarde. No son posibles tantas cosas en un mismo día. Hay que estar atenta a que algo falle. Y falló. No me dolieron tanto los 50 euros porque pudimos llegar a inscribirme en la escuela y porque si lo repaso, es el aprendizaje que debo tener en la vida. Ir con más calma, disfrutar el momento, conectarme con mi cuerpo y con la tierra. Conectarme con los tiempos. Asi que entendí que el coste de ese aprendizaje en este caso, fue plata. Además de otras miles de vueltas que dimos después con Anna cuando el pasaje se empecinaba en no llegar a mis manos.

Ahora, aunque es rara la sensación de tener la tablet sobre la mochila y el teclado sobre mis piernas, lo hago. Es raro no sentir el miedo de que alguien pueda pasar corriendo y llevarse algunas de las dos cosas sin más sentimiento que un triunfo. No culpo verdaderamente al que lo hace. Me siento una afortunada de haber sido criada y educada por mis viejos, porque a pesar de que en un momento tuvimos poco y hoy tenemos más, jamás sentí esa diferencia. Jamás me creí ni mas ni menos que nadie por un billete o un cero en el banco. Tampoco mis hermanos. A pesar de nuestras vidas sean tan diferentes, ninguno especularía nunca con un peso ajeno. Pero reconozco que la fortuna esta de nuestro lado, y que siempre la agradezco. No culpo a quien roba en el cotidiano, a quien está abajo, y soporta el peso de un estado y una sociedad sobre sus hombros. No culpo al que roba por comida, por droga o por profesión. Culpo al que roba desde arriba, al que es el ejemplo de todos, al que tiene la obligación de transmitir valores, de transmitir conducta, de generar cambios. Culpo al que no asume la responsabilidad por la que luchó, culpo las acciones de las cabezas de grupo, porque si sus acciones son indignas todos los que estamos debajo en esa jerarquía de responsabilidad social podemos burlar las reglas. Culpo a los indignos de ganarse los cargos que se ganan. Los culpo por embusteros, por cobardes, por especuladores. Los culpo porque sé que el hombre es igual en cualquier parte del mundo, su genética es la misma, sus pies, sus manos, su corazón, su cabeza. Lo que nos hace diferentes es la cultura a la que nos abrazamos como nación, los ejemplos que tenemos, los valores que enaltecemos. Y a pesar de que amo a mi país y lo voy a defender siempre con orgullo, sólo agradezco una cosa en la vida, haber nacido Dominguez.

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