Avenida de Mayo

Siempre amé la Avenida de Mayo, empezando por su anchura, llegando a su majestuosidad, esa cosa de calle emblemática, importante, creada para triunfar. Si no hubiese árboles y algunas varias otras cosas, desde la plaza de mayo se vería el congreso y viceversa. Seguro que desde lo alto del congreso se ve la plaza y la avenida en todo su recorrido. 

En un extremo, el Congreso de la Nación Argentina. Gigante, imponente. En el otro, la memoriosa Plaza de Mayo, las rondas de las madres, el verde, el Cabildo en un costado, y la Casa Rosada cerrando en medio de la Avenida Alem.

Cuando me mudé nuevamente a vivir con mis viejos, la empecé a frecuentar de otra manera. Era mi camino predilecto al centro y al cine Gaumont. Era un trecho, pero me gustaba caminarlo con calma y sin prisa. Pasar por 36 billares, el café donde encontrré a Dolina una noche, algún restaurancito de paso donde comía con la Gro, el Café Tortoni. 

La Avenida de Mayo se abre ancha desde la plaza, y ahí empieza para mi porque ese era mi camino de ida. Volver siempre es fácil, de memoria, con el miedo de la noche, mirando las sombras y apurando el paso. La ida es disfrutable, todavía queda la noche por delante, los brindis, la película, la pizza sobre callao, el café con crema. 

Cuando volví de Italia, me encontré con la Gro, en un recreo de su trabajo, en un café donde estaba sentado Cortazar, la confitería London. Yo preocupada con volver o quedarme, con donde iba a plantar mi futuro, mi suerte, mi fútbol, mis pasiones. Cuando me senté ya estaba casi completamente decidida. Venia de la embajada, los trámites eran imposibles para viajar en una semana y del otro lado del charco no me esperaban con los brazos demasiado abiertos. Yo no queria ser una mula en un equipo que me iba a hacer arrastrar, compartir casa, cuarto y pelearme como simio a manotazos por la comida. Yo queria todo o no queria nada, porque sabía que en la Argentina podía tener todo. En Buenos Aires, podia volver a empezar. Un amor pasajero y no fructífero sembraba la última de las semillas para permanecer en mi tierra. Así que camine de vuelta por Avenida de Mayo con la decision de que me volvería a vestir de Racing ese fin de semana, y el siguiente. Jugué triste, me dolía la frustración de no lograr lo que había ido a buscar, me sentía defraudada e ingenua. Pensaba en como habia confiado en esos tipos sólo porque me habían pagado un par de pasajes de avión y sentí que no tirarían la plata así como así. El viaje había sido larguísimo. 

Compartí equipo y casa durante un mes con la mejor jugadora del mundo, y me propuse aprender el italiano aunque me costase todas las mañanas de los siguientes meses. No alcancé mi cometido y me vi caminando por la Av. de Mayo antes de lo esperado. 

Venía de lograr un campeonato que marcó un quiebre que tarde meses en descubrir. Me costó recuperar las pasión canalizada en un objetivo, y el deseo de escribir, comenzaba a sembrar las primeras semillas en mi cabeza. 

Al año siguiente volví a trabajar de profesora de tenis, luego de conocer distintas ciudades de la Argentina gracias a la selección. Recordé que a los pocos buenos, ya los conocía. Pero sumé algunos amigos frugales que aún estimo y admiro. 

La plaza de mayo me volvió a recibir el 24 de marzo y las muchas otras veces que la crucé para alcanzar el subte. También los domingos de caminatas en calma después de ver la feria de la calle defensa. La rodeé muchas noches por el medio de la calle y la recuerdo tantas otras, con la alegría del sol pegándome en la cara. 

La Avenida de Mayo, llena de gente desde la Nueve de Julio hasta la Plaza, reclamando justicia, reclamando memoria, reclamando verdad, entre el olor a choripan y los chicos con el algodón de azúcar que siempre ameneza pegarse en mi pelo, la bandera que ocupa metros y más metros, sujetada por las madres, las abuelas, los hijos y los que, sin banderas políticas, escuchamos una historia que no queremos ver repetida, los que tratamos de vivir con verdad, respetando y entendiendo el dolor ajeno. 

Ahora y siempre.

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