Harry Houdini

El sol irradia sobre dos niños que apenas alcanzan la edad escolar en un parque de hojas secas que decretan el otoño. Se entretienen sin noción del tiempo, jugueteando con los caramelos que han obtenido hace algunas horas a cambio de la célebre frase, truco o magia. Superflua y fluida charla en el aún cálido octubre de Michigan.

Mientras en algún lugar de la ciudad el mítico Harry Houdini trata de vencer al que se convertirá en el único real fracasó de su vida. No logra escapar de su más utilizado truco.

Y en un hospital de la misma localidad de Detroit, un hombre antiguamente mago, lucha sin éxito contra una peritonitis, producto de un puñetazo venenoso que puso a prueba un apéndice desgastado.

También es asesinado el obstinado empirista que pasó años intentando encontrar una comunicación con el mundo de los muertos. Supo aprender, a lo largo de su vida, que la magia es el punto preciso entre el tacto y la habilidad para crear un ambiente, donde quienes se hayan presentes, se involucren completamente con la historia.

A pocos años de finalizada la primera guerra mundial, y sin que el más allá se proclame abiertamente a favor de la paz, Harry continúa con sus teorías y planes para precisar si el contacto con los difuntos es realmente cierto. Para ello idea un sistema de comunicación junto con su esposa utilizable post mortem. Pero, cuando luego de la muerte de su amada, el código Houdini fue probado, la distancia fue más amplia que la calculada, y no hubo respuesta al otro lado del llamado.

Murió de tantos modos como fue querido, y odiado. Murió aunque no en vano. Murió siempre hechizando.

Fiel a la histórica consigna del persevera y triunfarás, Erick Weiss, como su nombre de nacimiento indica, estuvo entrenado hasta el final de sus días, convirtiéndose en el mago más representativo del siglo XX. Forzaba su cuerpo a sesiones físicas extremas, teniendo que aguantar la respiración debajo del agua hasta por tres minutos. Era habitual nadador y corredor. Además de su habilidad para el circo, desarrollada durante su infancia en un largo año fuera de su casa, persiguiendo pasiones de juventud e ilusiones de vuelo, que pronto se esfuman cuando el frío acecha el alma.

Fundó sus éxitos como trapecista, para terminar de encantar con su reconocido truco “la metamorfosis”, y terminar de coronarse como “El gran escapista”.

Cuando tuvo lugar la muerte de su madre, dividió energía y tiempo en su lucha contra el empirismo. Jamás superó la ida de su dadora de vida, y la llevó a cuestas como fantasma y propulsora lo que duró su camino.

Se aferró a Bess, a quién se unió legalmente en 1881, y fue esa mujer la que inundó de gracia sus mañanas y sus soledades. Llenó de calidez ese cuerpo robusto y atlético que no parecía detenerse ante detalles ni consuelos. Y fiel hasta el final, soportó, con contados mas de mil planteos, que su esposo escapase hasta de las tripas de un animal marítimo.

Tomó su mítico nombre de un mago al que admiró gran parte de su vida, Jean Eugene Robert-Houdin. Erick, se autodenomino Harry Houdini creyendo que la i al final de las palabras en francés significaba “como si”.

Al inesperado final de su vida, lo recordaban en Europa por ser el rey de las esposas, y en América, por la ruptura de su amistad con Arthur Conan Doyle, a quien mencionó en sus últimas palabras escritas y dejó como garante del controvertido código Houdini. Prueba fehaciente del dolor que le causó la ruptura de ese lazo, que no pudo salvarse por su fanatismo a ciertas creencias.

Lo acompañó hasta los cielos ese nimbo de misterio que atrapó a las masas, fascinados por la capacidad innata y el esfuerzo de un pequeño gran niño, surgido de las barracas de una feria, que luchó contra toda lógica, corrompiendo a través del juego lo establecido. Y quién, buscando la victoria siempre, se acercó un poquito más a lo imposible.

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