Manos retinales

Agarré todas las imágenes que pude con mis manos retinales. Mientras caminaba por la Vía Della Conciliazione pensaba que ya había estado en ese lugar y que sin embargo no lo reconocía. Pero cuando llegue a la piazza San Pietro sentí una oleada menor, aunque en algo semejante, a la impresión que me causó la primera vez que la vi. Mucho más que el Vaticano, tanto por dentro como por fuera, esa plaza fue hecha para que el impacto a primera vista sea sorprendente, imponente, petrificante. Me apoyé sobre la baranda, aún con la mochila sobre mis hombros, y la recorrí entera con la vista. Los muchachos que en cualquier idioma te tratan de vender entradas al Vaticano, la fila larguísima para ingresar en la casa del señor en la Tierra, los chinos sacando fotos. Me sentí bastante orgullosa de que dos grupos de chinos me hayan pedido que yo les saque una foto, a pesar de mi pinta de mochilera desorientada. Una la saque muy bien, en la Piazza del Popolo. Enmarque dos edificios de una manera que me gustó.

Cuando ya sentí que había agarrado con mis manos retinales todos los recovecos y sensaciones que la piazza San pietro me producía, me incorporé para volver al hotel a buscar mis cosas.

Tuve que frenar luego de cinco pasos cuando sentí que la imágen se me escurría. Así que me di vuelta y la miré sin buscar nada, sin hurgar en los detalles, sólo dejando que de alguna manera entre en mí a través de mis ojos. Con la buena sensación del lugar recorrido, volví por la misma via por la que había venido, evitando el sol y sabiendo que había llegado hasta mi lugar en Roma.

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