El primer adiós.
Sabina me transporta, con su voz ronca y su canto recitado, a muchos lugares y a muchas formas. A sensaciones, a sentimientos que se han borrado con el tiempo, y a algunos que se han intensificado. Hay canciones que me hacen sentir lo mismo que en aquel entonces, y a pesar de la tristeza que cargaban, las abrazo como parte de mi historia, las envuelvo con mis nuevos aires y las lleno de un cariño lejano y sincero.
Calle melancolía me lleva al 152, viajando a la boca, mientras pienso en Dieguitos y Mafaldas, llego al Quinquela Martín con pocas ganas de entrenar y un mar de lágrimas queriendo estallar. Todavía movía las piernas bastante rápido. Y aunque extraño esa velocidad, elijo la calma de mi corazón en estos días, que trota al nuevo ritmo de mis piernas, como si ellas fuesen las que marcan el tiempo de mi cuerpo y mi espíritu.
Sabina marca un antes y un después sin sospecharlo. Me pasa volando y en cámara lenta cada uno de mis veintitantos años.
Camino a Madrid, mientras el avión iba descendiendo yo tenía los ojos iluminados de alegría por arribar a esa ciudad a la que siempre había querido llegar. En ningún momento de mi estadía perdí la fé en cruzármelo en alguna caminata. Lo pensé de mil maneras y al final sentí, que era más mi curiosidad por encontrarlo en su hábitat que por conocerlo.
Puedo imaginarlo y eso, por muy extraño que parezca, me regocija más que tenerlo en frente. Lo veo entre los recovecos de los bares, en la plazas sin pasto, en alguna mesa mirando la calle o encorvado sobre un libro al otro lado de un ventanal. Nunca pensé en molestarlo. Porque a los mortales que no lo desean, no se los molesta. Y calculo que a él le debe molestar bastante ser molestado. Más por ser una constante, que por la interrupción.
Pienso en cuanto habrá sufrido su fama, en como se habrá sentido encerrado en su propio cuerpo más allá de en su propia casa. Para alguien amante del anonimato de la noche, de las charlas sin nombre, de los bohemios alrededor de una mesa semi oscura, debe de haber sido un cambio abrupto el de la fama. Tanto como disfrutable en otras facetas, que sin dudas habrá sabido aprovechar. Llenó su historia de noches en las que los mejores recuerdos empiezan en un bar y terminan en un cuarto.
Es el único seductor que me seduce. Es el etiquetado que vence sus etiquetas. El viejo al que los años cargados de adipocitos le sientan bien.
Ganó con la redondez de su cara, la experiencia que otorga otra calma. Con el ronquido de su voz, amistades jamás olvidadas. Con los amores errados, una novia fiel y compañera.
Cuando tuvo donde apoyar su codo sin pedir permiso lo llamo `Elìgeme´ y al fin, pudo garabatear sobre servilletas de papel sin ninguna mirada inquisidora.
El mismo año en que, en la Argentina, Alfonsín entregó el poder de manera anticipada, nació su hija mayor, Carmela.
“Y un rojo escalofrío marque la edad del pavo de mi Carmela”
A mis cuarenta y diez. Del disco 19 días y 500 noches
Se dió todos los gustos en excesos que probablemente alguien medianamente cuerdo puede tolerar, y no perdió ni la cordura, ni la lucidez mas que ocasionalmente.
De un libro de poemas, nació su primer disco. De sus estudios de filología Romana le quedó su amor por la lectura, por la filosofía, hasta quizás por la melancolía. Aunque para mantenerse contradictorio no se describa como un melancólico.
Para sumar una ironía, fue detenido por su padre siendo joven, y se casó, para si estar en línea con su vivir y zafar de las noches de conscripción donde los fusiles no lo seducían como las mujeres.
Canto de besos y de amores, de putas y de contradicciones. Canto de héroes, de tumbas, de ebrios, de bailes, de ciudades lejanas y amigas cercanas.
Tuvo una fama tardía y escribió por sobre todas las cosas, en la tristeza.
Intervino de manera limitada en la musicalización de sus canciones y explotó siempre su faceta literaria escribiendo las suyas y las ajenas.
Tiene como laderos a dos grandes músicos, y a la suerte de su lado, para abrazarlos al final de cada show.
Tuvo más de una Magdalena como inspiración. Varios amigos entrañables y otros memorables.
Gran lector, gran poeta, gran compositor.
Hincha del Aleti y admirador del subcomandante. Siempre sincero y sin infinito.
Vivió sin arrepentimientos y jamás se le hizo carne la fama.
Y a esta hora en que sorbo un mate, lejos de España, en mi querido Villa Crespo, puedo verlo caminando por Madrid. Flaco y largo, sin barba, con la cara huesuda. Pasando por Tirso de Molina con un cigarro en la mano, un beso no dado y una canción por nacer.
