Encontré el Mayúsculo instante.
El cambio de micro fallido me obligó a quedarme en Teruel. Hermosa pequeña ciudad. Sólo un micro por día sale desde acá hacia Albarracin y dos horas antes de mi llegada ya lo había hecho. Busqué un hotel y me instalé. Descansé y caminé luego de cenar. La ciudad es muy chiquita, casas bajas, casi todas mimetizadas con los colores de la tierra, de las colinas y las cortadas que se ven en su horizonte. Bocadillos por doquier y nuevamente mucha gente grande.
La mañana siguiente camine por el pueblo, vi el arte mudejar que caracteriza a la ciudad, hombres mayores jugando a las bochas y sentados en la plaza, todos bien abrigados. Después de almorzar un bocadillo me fui a la estación de tren. La gente es correcta y respetuosa pero para nada cálida como en las ciudades más turísticas. Sacando algunas agradables excepciones no parecen fiarse mucho de los forasteros. Y desde el hola ya se dan cuenta de mi tonada argentina.
Albarracín es sin dudas el pueblo más lindo que vi en mi vida. Dentro de los que mi memoria recuerda. Detenido en el tiempo, parece que uno entra en una película del siglo XIII. Sobre una colina, alta, bastante alta y cansadora, con mil pequeñas calles angostas en las que apenas cabe un auto. Oscuro y sin gente, el pueblo aparece encantado y hasta un poco fantasmal.
Al pie de la colina, un río rodea el viejo casco histórico, hace un vuelta en ese y sigue su curso. Suele haber truchas aunque según la temporada, es la suerte de contarlas en cantidad. El agua cristalina se deja escuchar contra las rocas durante todo el paseo fluvial, entre cañadones color rojizo. Hoy lo recorrí luego de bajar de la muralla que aún perdura en lo alto y por la que se puede caminar, pero a lo que no me atreví porque me pareció un tanto suicida. Había un viento increíble y era muy poco el ancho, sin barandas ni construcción para agarrarse. Con tan poca gente en el pueblo una caída si no significaba la muerte, era un buen par de horas con dos patas quebradas.
Es llamativo que este construida tan alto. Rodea toda la ciudad. Aunque del otro lado es más baja y se la ve a los costados del castillo.
Más temprano camine hasta las pinturas rupestres. Un paseo por un asfalto de una mano en el que apenas cruce 6 autos en los cinco kilómetros de recorrido. La noche anterior nevó así que mi paisaje fue coloreado de blanco. Por suerte no era tan alto el objetivo por lo que mis piernas descansaron de tanta subida. Al llegar, un bus lleno de gente grande. Parece que están de moda los buses para la tercera edad y los viajes todos juntos. Los dibujos rupestres no son distintos de los de nuestro sur y para variar a mí no me impresionan demasiado ya que no me fío del todo. En fin, más allá de mi incredulidad la vista desde el lugar era hermosa, hermosa, hermosa. Montañas, verde, amarillo, todos los colores. Árboles nevados y la finitud del ser humano en su esplendor.
Volví con nieve, viento y algo de frío. Pero llena de encanto.
Después de unos mates, pan y jamón, mandarina y agua, tele y unas series, hice los recorridos de la muralla y el paseo fluvial que conté anteriormente.
Mañana temprano me espera un largo viaje a la prometedora Granada.
Anoche vi el partido del barca vas el Aleti en una cantina que está abierta todos los días y desde temprano. Había merendado ahí también. El hombre muy amable aunque nada sonriente. Me contó de Granada y de las cosas que podía ver. Me contó que en Albarracín solo hay mil habitantes pero que viven con una calma que no se encuentra en las capitales. Hay colegio y muchas cosas que sorprenden por tratarse de un pueblo tan chico. Yo no sé dónde estaba metida la gente, pero no podía calcular más de doscientos habitantes. Eso sí, cruce 5 chinos
