Marta

Abuela queriéndolo.

El olor a Lavandina me hace acordar a Marta y sus manos siempre húmedas, curtidas y buenas. Marta es como una abuela para mis hermanos y para mi. Nos cuidó desde chicos, y gastó miles de horas entre trapos con lavandina y risas de niños. Estábamos nosotros y estaban sus propios nietos, que la celaban de los chicos de la calle Virrey Liniers. 

Mientras limpio los trapos que deje en remojo en lavandina, la recuerdo, con sus manos grandes y fuertes, manos de trabajadora. Nació en Chivilcoy y es la hermana de Eda, una señora que iba a la casa de mi tía Nélida, ilustre personaje de aquella ciudad. 

No sé desde que época vivía en Capital Marta, pero para mí nunca fue joven. Llegó con cara de abuela, el pelo corto y algunas canas, y el día que se jubiló, estaba exactamente igual. Hicimos una fiesta por su jubilación, fuimos todos a comer a un restaurante, ya era un tiempo en que no pedíamos milanesa cada vez que salíamos de casa. Marta estaba un poco encorvada sobre su silla y con la timidéz que le generaban esas ocasiones. Con nosotros en casa era buena y suave, se reía y le daba todos los gustos a Fede. Él la hacia asustar, porque Marta siempre se asustaba de todo, y le inventaba historias. Arrancaba con que había algún hombre con cuchillo detrás de la puerta y terminaba escondiéndose para asustarla cuando pasaba por algún pasillo alejado. Cada vez que Fede salía de la casa ella lo miraba y él le hacía una seña pasando su dedo índice de lado a lado de su cuello. Ella se reía, y él sonreía con sus aventuras inocentes. Ella siempre le decía que ya estaba hecho un hombrecito, y le hacía el jugo de naranja o el café con leche y se lo llevaba al cuarto. Ella nos contaba de sus cinco hijas y no se cuantos nietos, de su marido fallecido, de lo bueno que era y de porque cuando él murió, dejó de tomar mate. Sentía que era de alguna manera traicionarlo, asi que no volvió a la tan argentina costumbre de beber el té a través de la bombilla.

Marta siempre tuvo muchas varices hasta que, después de sus setenta y tantos, se operó. Nos acompañó en la aventura Carilochense y fué la única que no aguantó. Todavía nos recuerdo, sentados en la parte de atrás de la camioneta con Sanguinetti tapado y los perros. Fuimos en un auto y un camión. Hoy miro la tranquera de Cariló y no entiendo como semejante monstruo hizo para entrar. Empiezo a tener mejor memoria de esos días. Me acuerdo de nuestras bicicletas que siempre parecieron viejas, y muy poco del único mes que duró Marta en el bosque. 

Después de jubilarse, con fiesta incluída, llamó a Mamá un día diciendo que nos extrañaba, asi que para alegría de todos, Marta volvió. Con la condición de que se tapase las varices, para no lastimarse, y de trabajar menos días, y también menos horas. Hasta que una hija, dijo basta. Y Marta sólo volvió a casa a comer la comida que ahora preparaba Mamá. 

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