El jardín de las delicias

Gabriela por fin se encontraba ante la imagen que tantas veces había soñado. Pensó que la iba a encontrar en la moneda de algun país extraño al que llegaría por casualidad, o quizás, en el reverso de una servilleta, chiquita, escondida en un ángulo, o por qué no, en un aro colgando de la oreja de alguna chica alemana con pelo corto y electrónica en la sangre. Desde que el sueño comenzó a ser repetitivo, se mantuvo atenta a cualquier rinconcito donde pudiese esconderse la imagen que la llevaría a la revelación de su sueño. La buscó debajo de las mesas, en la última hoja de todos los libros de su casa, atrás de las puertas, en las fotos de los almanaques, en los graffitis de la calle de su barrio, que cambiaban bastante seguido. La buscó en cada caja, en los libros de cuadros, en la imaginación de otra gente. La buscó hasta en la marca que deja el agua en la mampara de la ducha. La buscó hasta enloquecer.

Una tarde que paseaba por la avenida Santa Fe, se le aceleró el pulso. La vió gigante, igual que en sus sueños, con colores vívidos y relieve. Se acercó despacio hasta el cartel que estaba a unos cincuenta metros de ella. Y los convirtió, sin dudas, más lentos de la historia. Le sobrevino esa sensacion de energía descontrolada corriendo por las venas y la ironía instantánea de la parálisis corporal. Se debatía entre salir corriendo o seguir a su instinto super protector previniéndola de ilusiones falsas. Aumentó un poco la velocidad, poco.  No perdía de vista la imagen y seguía avanzando, hizo un zig zag para pasar a unas viejas con carrito, y casi al mismo tiempo esquivó, vaya uno a saber como, un sorete gigante. Todo se abría camino a su paso sin ningún esfuerzo. De repente, un color que no era el indicado se presentó desatando la catarata de desilusión. Se esfumó el olor del sueño y el canto que lo acompañaba. Gabriela continuó sus días tan presa de su sueño como del encuentro. 

Ella ya sabía que los sueños son revelaciones. La tía de su amiga Laura se lo había confirmado después de su psicóloga y otros miles de documentales que le hacía ver su novia. También el Doc de Volver al Futuro había encontrado la fórmula para el viaje en el tiempo en uno de sus sueños. Porque no iba ella a revelar su futuro a través de su insistente inconsciente.
La tía de Laura, Silvi, le contó la historia cuando Gabriela estaba muy cerca de abandonar la búsqueda. Cada muy tanto iban de visita, la viejita siempre limpia y prolija, hacía el mate y las chicas llevaban facturas. Una de esas tardes, a Gabriela le llamó la atención el anillo que llevaba Silvi. Sobre todo porque sabía que no se había casado y el anillo parecía de compromiso. Para una amante de las historias, y sobre todo de las  románticas, era difícil no preguntar si había dejado en sus años de juventud un amor olvidado. Pero no fue la del amorío la historia que surgió. Le contó que tenía ese anillo desde los 20 años, que se lo había regalado su padre y que era un tesoro para ella. Gabriela preguntó si nunca lo había perdido, siendo auto referente con sus olvidos. Y Silvi le contó que una noche se lo sacó para cocinar y no lo volvió a encontrar. Revolvió toda la casa, le preguntó a cada una de sus cinco hermanas, barrió los lugares oscuros y nada. Ni rastro del anillo, ni un sonido para entusiasmarse.
Esa noche le rezó a San Antonio. A Gabriela se le vino rápido la canción de que San Antonio te encuentra un novio, pero no dijo nada, interrumpir a una persona mayor de pocas palabras no era una estrategia sabia si quería conocer el final de la historia. Silvi continuaba, aquella noche le rezó un rato largo y se fue a dormir. Soñó con que el anillo estaba parado arriba de la mesa de la cocina, atrás de un cesto de frutas. Corrió a la cocina ni bien abrió los ojos esa mañana. Y allí, parado como en su sueño, se había escondido. Silvi termina el relato con una sonrisa y sin el entusiasmo que provocó en Gabriela, que se la imaginó poniéndose el anillo sin más pensamientos. Desde el momento en que lo perdió, sabía que a través de su fe y sus rezos, iba a recuperarlo.  

Después de la historia de la tía Silvi, Gabriela no podía dejar de pensar en la relación entre el rezo, el sueño y el encuentro. Pero el tema era que su historia era al revés de la de la tía Silvi en muchos sentidos. Ella, soñó con el cuadro pero no con el lugar. Ella, no era creyente. Ella, no tenía un compromiso emocional con el cuadro como si la tía con el anillo. ¿A quién iba a rezarle? Sería de convenida rezarle a San Antonio, pero aún así lo intentó sin un resultado favorable. 

Llegó un punto en que su obsesión por descubrir el paradero y significado del cuadro le pareció exagerada, asi que resolvió, después de idas y venidas, vueltas y autodiálogos, que dejaría de buscarlo y que esperaría que el cielo le enviara otras señales para las que no tuviese que estar tan atenta. 

A la mañana siguiente caminó las diez cuadras que la separaban de la facultad. Se sentó al lado de Maru, después de subir las escaleras y recuperar el aliento. Miró un rato el teléfono y, con el primer mate que le pasaron, se conectó con el entorno. Clase de literatura inglesa. Siempre le había gustado leer y por eso se decidió a estudiar letras. Tuvo ratos de la vida en que le gustó más escribir, y después más leer, y así fue y vino varias veces, bamboleándose en la temática de letras escritas o leídas. 

Hasta ese día, en que encontró el cuadro y caminaron en la misma dirección, Juana y Gabriela parecían ir a contramano. Quizás porque ni siquiera lo pensaron, reaccionaron instintiva y genuinamente. Ni siquiera se miraron, solo caminaron, y esta vez sí que Gabriela avanzó rápido. Estaban en el museo del prado cuando vieron `El jardín de las delicias´. 

Deja un comentario