Bohemio el corazón

A mí me gusta mi barrio. Cuando llego de noche y veo a los vagos tomando cerveza y fumando un puchito. Conocer las calles a medida que avanzo, y mirar en cada recoveco para que nadie me sorprenda. A veces los miro desde el auto y los puedo observar con más detenimiento, porque siento que no me ven, que estoy camuflada y mi mirada no es directa. Yo no es que los miro por raros o algo así, los miro con cierta admiración y porque a mi también me gustaría que mi barrita se junte en una esquina, o abajo del marco de una puerta. A tomar una cerveza, un mate, o cinco minutos para saludarnos una vez por día. Pedir un consejo rápido y sincero, y seguir rumiando con algo nuevo en la cabeza.
Pero eso sucede si tu barra es del barrio, si mira a Atlanta, si conoce cada hueco de Villa Crespo, si sabe señalar la vía con los ojos cerrados.
Vivo acá desde hace un año. Pero el barrio me sedujo. Tiene una mezcla muy argentina de sentirse importante, lindo y querido. Eso a mi me gusta. Tiene conexión con casi toda la ciudad porque está bien ubicado. El subte cerca, chacarita, el tren. Acá, tengo un balcón bastante grande y solo para mí. A la negra le encanta el balcón. Más en verano que en invierno, y a mí me engancha pensando que al dejarle la puerta abierta cuando me voy, lo va a elegir antes que la cama. La negra ama mirar la calle, los perros que pasan, la gente, los niños. A veces les ladra, pero la mayoría los observa con su mirada inquisidora que nadie registra. No tengo miedo de que se tire, porque la baranda está bastante alta y la considero lo suficientemente inteligente. Me lo demuestra diariamente. Tiene un sentido del olfato que le permite encontrar cualquier tipo de comida y me suele irritar tanto como me sorprende. Abre las galletitas, los turrones y los tachos con una facilidad que yo no he visto. Separa el papel y deglute el alimento. Y cuando abro la puerta esta acobardada en un rincón tratando de vencer el único sentimiento que le quita inteligencia, la culpa.

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