Sabor a sal

Un remolino de polvo y dos gritos desaforados. La nube se va esfumando mientras la pelota sale con rosca hacia atrás y se ve el final del impacto de un puntín derecho. El pie se apoya fuerte, apisonando la tierra. Su mente está ahí, increíblemente ahí, con los ojos fijos en la pelota, mirando de reojo a su marcador. Tantea con su brazo derecho otro cuerpo sudado, mientras la pelota va en busca de su pie. Levanta la cabeza, toca y se mueve, esperando la devolución.
Se le cruza su imagen en un respiro hondo, pero el juego se reanuda. No piensa en sus brazos, pero su cuerpo está lento. No escucha su voz, pero se encuentra un poco aturdido. Quizás un abrazo en el final del partido reconforte su cuerpo apesadumbrado. Tal vez la ducha, la sensación de haber hecho algo. Quizás una gambeta o un pase exquisito le llenen el alma momentáneamente de plenitud. El juego lo mantiene en un oasis. El tiempo es relativo, y se siente sumergido en la bañera que su abuela le preparaba para que descansaran sus músculos, luego de cada partido.

A veces la siente venir y se asoma a la puerta. No comprende su paulatino alejamiento y eso lo inquieta, realmente lo inquieta. El no saber, la verdad imaginada, los rastros perdidos, los días que pasan.

Las historias sin comienzos, no son historias. Y anticipan un final sin punto final. Se diluyen, se esfuman, se empantanan en la melancolía esencial. Esa que supo ahogar en vasos, en abrazos sin nombre, en besos sin rostro, en vacíos inabarcables.

El fútbol era más fácil. Había principio, había final, había amarillas para lo fuera de lugar. Los jugadores sólo se retiraban por lesión o expulsión. Y ninguna era deseada.

Para de pecho y toca. El ocho se cierra y le deja campo por la derecha para acompañar el ataque. Mira para atrás sin detener la carrera y nadie lo sigue.

Ella no se tendría que haber ido. Ella le tendría que haber dicho qué necesitaba, qué la aburría, qué la reconfortaba, que chiste preciso debía hacerla reír. Como a la pelota, si uno la trata bien, ella está bien, uno la sigue con la vista y a ella le gusta, la atrae, toma confianza, velocidad, varía sus efectos con soltura. No hace falta hablarle tanto. Total, otro con mejor oratoria puede acomodar a los compañeros.

A él con su porte le bastaba. Era duro y cabeceaba bien, era un jugador querido; aguerrido, correcto, buen distribuidor.

Pero a ella no le bastaba. Siempre esperaba que él dijese algo;  se daba cuenta, le sentía la mirada sobre las sienes, como implorando internamente que dijese algo. Algo. Con su presencia no bastaba. Pero él era un cinco prolijo y aguerrido.

Cuando ella no volvió, él la lloró esperando en el sillón. Sollozó en la cama, desató su congoja en la ducha, secó sus lágrimas con toallas, repasadores y servilletas. Un día lloró tanto que las lagrimas rodaron hasta su pierna izquierda y se secaron en ella.

La presencia que lo distinguía en la cancha, lo había ido abandonado con el correr del tiempo. Aún era un jugador elegante, de formas esbeltas, estético. Pero ya no irradiaba ese no sé qué de antes. No alcanzaba para ser querido sólo su andar erguido.

Desde que ella no volvió, y ese día lo dictaminó Carlitos, eligiendo una fecha al azar para la extraña huida; pasó siempre la pelota con los tres dedos externos del pie derecho. Casi nadie se sorprendió, porque era un jugador dotado.
Pero Carlos sí lo notó; Cristian era un jugador muy esquemático, rara vez incorporaba nuevos gestos o facetas al juego. Carlos se sintió un tanto culpable porque la fecha que había decidido para el fin de la historia con Fernanda, marcaba también el fin de la pierna izquierda de Cristian increíblemente. También sintió una corriente de poder recorriéndole el cuerpo al pensar que él, sólo con su mente, había causado eso. Pero su nudo en la panza denotaba angustia y no poder. Probó con dictaminar algunas fechas para personajes nefastos del pueblo, pero ninguna funcionó. Y su nudo no aflojó. Así que decidió ofrecer su ayuda al pobre Cristian.

Habló con Nora, su única confidente, consejera, novia, amiga y amante. Ante la curiosa historia, ella decidió dos cosas; primero, acompañarlo; y luego, hacer un ungüento específico para espantar melancolías y recuerdos demasiado anclados. Esa misma tarde recogió la menta en el baldío de atrás de su casa, una margarita y un diente de león. Adicionó canela, que ayuda a la comunicación, cáscara de limón, para purificar su cuerpo; y chocolate, para encender nuevos calores. Un poquito de sal, y otro de pimienta. Agua sin exceso, porque también lo que da vida, mata. Y finalmente, se sintió conforme con la mezcla.

Cristian trabajaba en la tabacalera. A pesar de eso, nunca lo había atraído el cigarro, el humo lo asqueaba. 
Nora y Carlos lo esperaron a la salida de su trabajo, con esa combinación infaltable de ansia y miedo, de ganas de llegar y de volverse, de duda, de excitación. 

Nora recordó en el trayecto aquella vez que desterró el mal de amor de Roberto, el farmacéutico del pueblo, que entre tantas resoluciones científicas no encontraba la cura a su desamor. Allí no había utilizado el chocolate, porque él era un hombre fervoroso y obstinado. Añadió tilo y manzanilla, una colección de semillas secas y olorosas; un ramito de laurel, que brinda la capacidad de adaptarse a los nuevos tiempos. Y como siempre, sal, porque la vida debe tener sabor. 

– ¿Qué decís Cristian?
– Tirando Carlitos.
Y sin vueltas, Carlos se descargó.
– Mirá Cris, la verdad es que yo no creo ser el culpable de la pérdida de tu pierna izquierda, pero tengo un nudo en la panza que no me deja vivir. A mí, que se haya ido Fernanda me parece bárbaro, porque era una amargada. Pero muy lejos está mi deseo de que estés así. 
-Tranquilo Carlitos –le dijo, interpretando rápidamente por donde venía su culpa- Esto no es cosa de palabras dichas. Ya va a sanar.

A pesar de la resignación de Cristian, lograron convencerlo para acompañarlo, y cuando llegaron a su casa, los hizo pasar. Nora le explicó del ungüento y él la dejó hacer. Como un niño semi dormido se abandonó al masaje de su pie izquierdo. Nora siguió por la pantorrilla, suave, en círculos, con su dulzura maternal, sintiendo cómo el ungüento se absorbía. Carlos solo ofreció sus dotes de cebador, y cuando el mate dejó de gustar, dieron por finalizada la sesión del primer día, cerrando bien despacito la puerta de calle.

Cristian amaneció sentado. No iba a poder testear su pierna hasta el día siguiente pero no se sintió ansioso. Trabajó entre el penetrante olor de los cigarros, vió correr el mundo, sintió el calor del día, el rumor de los hombres encerrados, el rutinario y hermoso canto de los pájaros.

Y sonrió, después de ocho meses y sin una razón, sonrió cuando el sol le encandiló los ojos.

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