El imperio (pizza y faina)

Me recibió Carlitos Bala con su clásico gesto y varias cajas de pizza en la mano. Como garantía de la calidad del lugar el cartel reza: el superclasico de Chacarita. Recordemos que todo lo que lleva la connotación de clásico merece nuestra atención en este país. El River-Boca, Gimnasia-Estudiantes, Atlanta-Chaca, y como no, el clásico de Avellaneda. 

El Imperio, es la pizza reina, situada en frente de la estación, en la esquina de la mítica Lacroze, siempre con su aire bohemio. Al otro lado de triunvirato, el inmenso cementerio de la Chacarita. Me llama la atención que con semejante caudal de colectivos no se oiga nada desde adentro. El bullicio pizzero es superador. 

Caminé sin rumbo cuando salí de casa, pero con el hambre latente para ir queriendo doblar siempre a su encuentro. Siempre me gustó comer de parada, al paso. Tomarme un chop que me entone el día, salir del lugar con esperanza, con la creencia de que algo bueno está por venir. O irme ya medio remolona a tirar en la cama con la seguridad de conciliar el sueño rápido. Y apenas con una o dos cervecitas, tiradas, suaves, ricas. Y con la panza bien llena. Satisfecha.

Lo único que andaba rápido en el imperio esa noche de domingo eran los dos muchachos que estaban detrás del mostrador despachando las porciones de pizza. Los comensales de barra buscamos velocidad, como un fast food con un gran aire argento, esquivando muñecos para encontrar un lugar cómodo. La mayoría de los empleados, parecían disfrutar de su trabajo. Mas allá de que se tuviesen que mantener parados toda la jornada, andaban a ritmo tranquilo, sin exigir las piernas, la memoria o el corazón. Boca se veía por las dos pantallas ubicadas en los salones, y también por las dos teles, que traían la imágen al compas de los despachadores de pizza. 

Los cobradores andaban en una cuarta marcha, y hacían que la cola tuviese una fluidez agradable, para nosotros, los hambrientos.

La pizza, cumplió como siempre. Había una variedad que me sorprendió. Una suerte de jardinera que llamó mi atención. Pero sólo contaba con 200 pesos en el bolsillo y la cuenta me daba para una especial y una de muzza. Porque me podía quedar sin pizza esa noche, aunque fuese la del glorioso Imperio, pero no sin mi cerveza. 

Cené en frente de unos adolescentes tardíos que hablan de amores frustrados y engaños poco disimulados. A un lado un rockero pasado de moda, y en frente un futbolista con pinta de militar en algún equipo del ascenso.

Sostuve mi vaso hasta poco antes de irme cuando se lo entregué al mozo que retiraba de la barra, en escasos segundos, todo lo que era abandonado. Cual Pac-Man barrero. Siempre triunfador.

Salí del Imperio contenta, habiendo cenado rico y dispuesta a meterme temprano en la cama. Me enteré al enfilar hacia la puerta que es la primer pizzería de la ciudad que fué declarada sitio de interés cultural. Borges, Gardel, Sábato, el Diego, Atahualpa y Olmedo me saludaron desde las alturas y yo me retiré satisfecha con la decisión de aquella rápida y eficiente comida. Los tambores de los pibes de la plaza, también me despidieron a los lejos ni bien pise la vereda, y yo con pena me incliné ante la olvidada de la cuadra, La Santa María.

Caminé por el asfalto buscando en cada huequito que dejaban los árboles a esa luna llena que me perseguía. Impecablemente llena, impecablemente mía.

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