Y botines gastados.
18.07.19 Buenos Aires.
Mientras sorbo el mate con una yerba que no es de mi total agrado pero que igual me sorprende, pienso en que aburrida se vuelve la vida si no nos emborrachamos, si no arriesgamos, si no nos divertimos. Que la rutina, que el sobrevivir. ¿Vivirán tanto mejor los europeos, los habitantes de los fríos países nórdicos? Tiene que haber una llave. Aunque ella implique la no llave, ¿me explico?
No hablo de un oasis, de volverme Buda o una tirana en un entorno frío y calculadamente controlado. Hablo de otra cosa, de un click que debemos hacer, de una racionalidad que nos permita encontrar la salida y tener la muñeca necesaria para no dejar de habitar el mundo más terrenal de las pasiones y los deseos no obtenidos.
¿Dónde quedaron nuestras horas de tardes entre chocolatadas y botines gastados? Quedarnos hasta la madrugada, pedir una cerveza más sin mirar la cuenta, confiando en la mano amiga, una mesa que afanar, un guiño de ojo que abra la siguiente puerta. Ahora siempre está la queja de un vecino, la hora en la que no llego, las mil tareas que aplazo para la mañana siguiente, y la siguiente, y quizás la siguiente.
Ahora que el celular roba mi atención cuando antes lo robaba el techo, unos movimientos de manos o mi oído tratando de agudizarse para escuchar algo en un mesa rodeada de nosotras, de nosotros. Ahora, que cada vez que escucho abrirse la puerta del ascensor, espero que seas vos. Como si fuese el perrito ese del experimento de Pavlov que siempre se me viene a la cabeza.
Ahora, que mamá no toma mis decisiones y que yo no dejo ni que se acerque a ellas. Ahora, que vivo en una casa con pocos cuadros y un 18 de julio no me dice nada.
Ahora, que estoy rodeada de libros que no termino de agarrar y que un acidez en el estómago se me confunde entre nervios y comida. Ahora, que creo que mis problemas no son tan lineales y que la vida me termina demostrando que si lo son.
Hoy que extraño lo que no tengo, que quiero lo que no hay, que camino sin saber a donde llegar. Ahora, que empiezo a entender, que no hay un más allá, que es esto, que es acá, que lo rozo con mis dedos, que no me fundo porque no me entrego, que no resulta lo que no deseo, que no hay verdades que no me marquen.
Y en este instánte en que ese hálito invisible que nos une a los libros me muestra su calor a través del tiempo, pienso que a Angeles Mastretta la llevo en alguna parte mía a todos lados.

Hermoso
Me gustaMe gusta