08.04.20
Ayer pensaba, menos mal que esta cuarentena es adentro, porque mirá si fuese al revés. Si tuviésemos que pasar todos el día al aire libre sin poder entrar a ningún lugar hasta que a la noche volvés a tu casa. Yo me estaría cagando de frío todo el día. Aunque me la pasaría caminando por toda Málaga. Tendríamos que comer parados y lejos en la puerta de algún bar, con barbijo, anteojos y guantes. O sentados en la calle, en la playa, sólos, pero mirándonos llevar los pedazos de comida a la boca. Que no te vaya a faltar mayonesa para tu sanguchito o no vaya a ser que una paloma venga a hacerte compañía todo el rato y no desees que se coma tus miguitas.
Ahora que estoy todo el tiempo acá adentro y en otro país, ya no sé cuál es mi casa. Cierro los ojos y veo a mis viejos en otro lugar del mundo, a Luli juntando guantes para ir atender y a Fede leyendo mientras camina por el parque. Y pienso, ¿dónde está nuestra casa? Y nuestra casa está en Cariló, en donde crecimos, a dónde nos juntaríamos si alguna vez hay una guerra con armas nucleares. Como si el bosque nos fuese a proteger.
Nuestra ventana del living en Málaga, da directamente a una calle que sale perpendicular. Es muy loco como cambió la dinámica. Todos, desde el barrendero hasta la señora que va a hacer las compras caminan por la calle. Todos con sus barbijos y guantes por el medio de la calle. La gente que saca a sus perros, también camina por el medio de la calle. Es una infracción tan pequeña y que te llena tan fugazmente de esa sensación de poder, de invencibilidad, de mil salidas, escapatorias, posibilidades. Me hace acordar cuando volvíamos con la pendex caminando de alguna juerga, cuando éramos jovenes, el mundo no estaba parado y tomábamos mucha cerveza.
