27.03.20
Llueve. Siempre me gustó la lluvia. Hay varias razones para mi afecto por ella.
Primero, durante mucho tiempo cuando llovía no trabaja. Hasta hoy, mis 31 años, mi profesión fué casi siempre la de profesora de tenis. Mas allá de que no cobraba las clases que no daba, no me importaba, me gustaba quedarme esa tarde adentro, tomar mate y comer facturas. O torta frita en alguna época en la que se me dió por comprar los paquetitos para hacerla fácilmente.
La negra se echaba en su manta, feliz, y nos quedábamos las dos en el líving de mi casa en la calle Carranza, viendo la tele o mirando por el ventanal gigante la mezcla de agua, viento y nubes grises. TenÍa que mandar los mil mensajes a las madres de los pequeños tenistas para avisar que todo estaba suspendido y ver para cuando reprogramabamos la clase. Cuando llovía varios días seguidos era difícil, pero tenía todo anotado y eran muy pocas las veces que se daba alguna clase multitudinaria con la que tenía que hacer malabares.
Segundo, me da la sensación de que el mundo se para cuando llueve. (Lamentó la exageración de esta vuelta: lluvia más pandemia.) Puedo aprovechar para hacer cosas adentro, limpiar, ordenar, leer algo que tenía pendiente. Siento que por una vez, le gano algunas horas al tiempo.
Tercero y fundamental: la lluvia es sinónimo de siesta. Me tiro un ratito mientras escucho el agua golpear contra el techo, los ventanales y la calle, hasta que pronto se convierte en la música de mis sueños.
