Osvaldo Soriano

Soriano revuelve todas mis entrañas. No en el sentido asqueroso o cínico en el que imagino estarán pensando, sino en el de alcanzar los puntos más últimos de mi ser. 

Un nacido en Mar del Plata que no se sintió de ninguna parte. O se sintió de todas. Su mayor arraigo lo encuentra en la provincia de Neuquén, en un pueblo llamado Cipolletti. A mi me hace acordar a unos compañeros del colegio, unos hermanos a los que quería mucho. Ella era una estudiante de la que yo estaba secretamente enamorada sin darme cuenta, y él , un tipo bueno que corría con una mano hacia afuera. En ese momento me dedicába al atletismo. Había un profesor muy competitivo y sólo encajábamos los que teníamos afán de superación o condiciones más aptas para las carreras.   

Como no sentirse atrapada por Soriano cuando uno crece en un pueblo pequeño y ama el deporte,pero por sobre todas las cosas, ama el fútbol. Como no sentirse atrapada por un tipo que cuenta lo complejo de manera tan simple, y que funde la melancolía con la alegría de un pasado mejor, y en muchos casos peor, pero aún así, conocido y añorado. Cómo no identificarse cuando un párrafo para traer un viejo amor dice “tal vez leerá estas líneas y recordará el perfume de las manzanas de marzo, su miedo y mi torpeza inaudita”. Describiendo el momento crucial en que los escalofríos se te esparcen desde el estómago hacia el resto del cuerpo y en media fracción de segundo tenés que decidir que camino tomar. Cuando corre por detrás del cinco y Hacha Brava lo acecha por el otro costado y se consagra inflando la red en un arco lejano en la Patagonia.

Lo veo en las entrevistas tan tímido y tan claro. Me sorprende su calvicie, su manera de dejarse la barba, entre poco producido y viejo. “Después supe que hacíamos el amor todos los días” reza en el mismo párrafo un poco más adelante. Cuando uno alcanza lo inalcanzable y pierde la magia del misterio.

Pero a mi preferida es “Y no hay Dios más feliz que ese tipo que festeja con los brazos abiertos gritando al cielo”. Tengo una lluvia de imágenes de tipos gritando goles en la plaza, de las nenas abrazándose en la esquina de una cancha de baldosas. Veinte tipos en Palermo que llevaron su arco, su red y sus camisetas. Mis primos en el patio de la casa de Vicente López y yo corriendo de punta a punta con la pelota dominada entre los pies, esquivando arboles, soretes y piñas hasta quedar tendida boca arriba sin saber porque soy la persona mas feliz del mundo. 

Leyó su primer libro a los veinte años, y como sereno en algún lugar de Tandil agarró el gusto por la escritura y la noche.

Dice que no se sintió escritor hasta su tercera novela,`Cuarteles de invierno´, y que un gato negro que se coló por un ventanuco, inspiró la primera. (`Triste, solitario y final´)

Yo escuchaba sus cuentos en la radio con mi papá. Alejandro Apo, un reconocido relator deportivo, tenía un programa los sábados a la tarde donde leía, magníficamente, cuentos de futbol. Así conocí a Soriano, y hoy, muchos años después, `Cuentos de los años felices´, es el único libro que traje a mi nueva vida en España.

Jorge Valdano lo acusa de haber dignificado al fútbol, y yo de abrir el abanico de posibilidades mostrandonos los grises del rectángulo y de la vida.

Fue periodista de oficio. Lo describía como un trabajo laborioso y cotidiano, a diferencia de la literatura. A la cual pausaba hasta la llegada de la inspiración.

Escribió siete novelas, un libro para niños, otro pura y exclusivamente de cuentos, y muchos artículos que se compilaron. Algunos guiones y ensayos. Varios de sus escritos fueron llevados al cine, una banda de punk le dedicó una canción y la biblioteca del Club San Lorenzo, recuperado hace poco tiempo en Boedo, lleva su nombre.

Decía que no podía explicar nada en el momento en el que escribía. Los personajes se iban haciendo a su ritmo, entraban y salían de las historias. No había nada deliberado.

Del gordo pasó a ser el flaco Soriano, decía Luis Sepúlveda en el último tiempo.

Continuó escribiendo, porque la historia asi lo dictó, `No habrá mas penas ni olvido´. Con la ironía de terminar su días en el barrio de La Boca, viviendo sobre una unidad básica funcional del Partido Peronista. 

Como si la lógica cigarretera lo hubiese dictado, contrajo un cáncer de pulmón que dictaminó su vida como corta y heroica. Su hijo creció sin padre después de los 8 años y San Lorenzo continuó sin su copa Libertadores hasta hace algunos. 

“El pasado es una pesadilla culposa, y lo mejor en ese fin de siglo es bailar, bailar”.

Osvaldo Soriano. Cuentos de los años felices

Cuando lo leo lo siento sin juicio, lejos de los preconceptos, libre. Me lleva a mundos de polvo, de fantasías con realismo, de tropiezos inesperados. 

Cuando estaba muy mal o muy caído se salvaba con el deporte. Con el fútbol, con el box. Tiene un lindo cuento dedicado al club de sus amores. En el cuento hace recorrer a San Filipo el supermercado Carrefour que pusieron en el lugar del estadio que le remataron a San Lorenzo. Yo siempre lo ví con risa desde mi lugar de racinguista, pero hace algún tiempo entendí que en esa auto aceptación estaba la superación del conflicto, y una vez más, a través del fútbol y sin quererlo me dió una lección de vida. San Filipo recorre el supermercado llevando la pelota de un lado a otra para terminar con un chutazo frente al arco, justo donde ahora están las cajas de cobro.

Como en el cuento `Vidrios rotos´, cuando su padre le da a unos ricos sin solidaridad, una lección de moral envuelta en una piedra lanzada por una gomera.

Conoció a su mujer Catherine Brucher en París, cuando estuvo de visita para ver a un amigo que vivía en una casa al mejor estilo comunitario de los hippies de ese entonces. Su futura acompañante vivía en la casa hacía algún tiempo. Había llegado para seguir a su hermana.

Catherine era de Estrasburgo, y mantenía el carácter solitario y taciturno de Osvaldo. Era enferma y sus horarios se acoplaron enseguida cuando, después de varios meses de visitarse en una ciudad y en otra, decidieron instalarse definitivamente en París. A Osvaldo no le gustaban las ciudades pequeñas, y ella aceptó el amor sin comodidades que siempre había profesado.

Vivían con lo justo, porque aún Soriano no había cobrado los pesos que su reputación  demandaba. Con sus futuros éxitos se puso firme ante las editoriales, aunque no hayan cambiado los billetes su forma de actuar ni de vestir.

Se encontró mucha correspondencia, como era usual en esa época entre mortales y escritores. Felicitaciones, críticas y cartas de amigos. Osvaldo se angustiaba porque la crítica no le reconocía sus éxitos. Es el odio al invicto, sentenció Olivera acerca de aquellos que destrozaban a Osvaldo por ser best seller.

En sus relatos la historia destruye las relaciones familiares, tiñe de gris y de contradicción a los personajes, los vuelve humanos, maleantes, altruistas e inmorales.

Decía que conocía las psicologías de los que tienen algo que lograr, muy poco, algo muy fugaz. Y que con ellas trabajaba para tocarnos a todos en varios puntos de sus relatos. 

Manuel es un gringuito caminando por Bs As, el único heredero del apellido. Tengo frente a mi, su foto; un rubio con una bufanda finita dándole la vuelta al cuello. No tuvo la dicha de criarse con su padre, pero dicen que lo que duró, se disfrutaron mucho. Manuel piensa estudiar ciencias políticas o filosofía y letras en la Sorbona. Destino cantado para semejante apellido.

Osvaldo convivió varios años con una enfermedad que yo, le descubrí hace poco como larga. Se lo contó a pocos, y murió con ella. 

Fue fiel, a San Lorenzo, a su esposa y a su estilo literario. 

El cancer lo deterioró y se sometió a quimioterapia. 

La placa que adorna el mármol en el que descansa en la Chacarita dice “Basta de muerte… y cerró la tumba”

Soriano es un canto a las contradicciones humanas, a los antiheroes con corazón, a las prostitutas querendonas. Soriano es fútbol con vida. Soriano es la vida en el fútbol. 

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